LA COMARCA DE HUÉSCAR

 Compuesta por los términos municipales de Castilléjar, Castril, Galera, Huéscar, Orce y Puebla de don Fadrique, ésta es la comarca más septentrional de la provincia de Granada y, con toda seguridad, una de las menos conocidas por su aislamiento secu­lar. Su extensión se cifra en 1782 km’. Junto con la de Baza, constituye el llamado Alti­plano del Norte, que con sus 3543 km' abarca aproximadamente un tercio de la pro­vincia.

 Las Sierras de La Sagra al Norte, de Castril al Oeste y la ya almeriense de María al Este, enmarcan el territorio surcado por varios ríos, que tienen su origen en los citados sistemas montañosos: el Castril, el Guardal y el Barbatas son los más importantes. La historia geológica del área conformó a lo largo de millones de años un paisaje de bad­lands que en la actualidad constituye uno de sus grandes atractivos al combinarse con las fértiles vegas que acompañan a los ríos en su cauce.

 Desde cualquier punto de la comarca es visible el pico de La Sagra, que se alza como una impresionante pirámide hasta alcanzar sus 2.383 metros.

 Densos bosques en las sierras, interminables llanuras sin un árbol, caudalosos manan­tiales de purísimas aguas, inquietantes desiertos esteparios... dan personalidad a una comarca con un clima continentalizado que puede pasar de los 3,50 litros anuales en las estepas a los más de 1.500 -muchos de ellos en forma de nieve- que puede recibir anual­mente el macizo de La Sagra.

 El dicho de "Nueve meses de invierno v tres de infierno" refleja claramente lo extre­mado de sus temperaturas a lo largo del año. No en vano se pueden medir en cualquier día del verano más de 40° para llegar una noche de enero a los -15'. 

La débil economía agroganadera hizo que se pasara de los casi 40.000 habitantes de los primeros años cincuenta del siglo pasado a los apenas 20.000 que la pueblan en la actualidad, destacando Huéscar como capitalidad de la comarca. Salvo escasos ejem­plos de industrialización, la base económica en general sigue estancada en las activi­dades tradicionales de la agricultura y la ganadería. En los últimos años se está inten­tando una promoción turística, basada principalmente en el llamado "turismo rural", que ofrece al mercado las singulares viviendas troglodíticas que son las cuevas, aban­donadas en un gran porcentaje precisamente en los años de la emigración.

 

LA HISTORIA

 

Hace más de un millón de años

 

Y es que un millón de años es poco tiempo para contar el idilio entre el hombre v esta tierra.

 Hay que decir, por ejemplo, que el princi­pio fue el agua lacustre inundando antiquísimas cuencas marinas cerra­das, abarcando lo que son hoy las tierras del altiplano. Que el paisa­je de estas orillas debía ser algo similar a las actuales marismas del Guadalquivir. Que el gran río andaluz aún no había incorporado a su cuenca estas tierras de aguas cautivas, sin sali­da al exterior. 

Hay que decir, por ejemplo, que en las ribe­ras chapoteaban hipo­pótamos, barritaban ele­fantes o cazaban los tigres de dientes de sable. Que frente a la poderosa osamenta de estos formidables animales, se alzaba día a día la debilidad físi­ca del primer homínido en los predios orcenses de Venta Micena, en los parajes de Fuen­te Nueva, junto a las corrientes fluviales del Barranco León, aunque ya empezaba a agu­zar palos, a afilar piedras y a tender ingeniosas trampas junto al fragante fango de las centelleantes charcas para poder alimentarse, si bien él fuese también en ocasiones pitan­za de gigantescas hienas.

 Hasta que una, mañana de hace cente­nares de siglos, nadie sabe cuántos, el agua dormida abrió un porti­llo entre las pliocénica­ barreras de roca y encontró la libertad, raptada por el joven y poderoso río que más adelante alguien llamaría Betis. Pero hubieron de pasar otros     centenares de siglos para que la cuen­ca cerrada se abriese verdaderos cauces hacia el primigenio Guadalquivir. Y las charcas fueron disminuyendo hasta que hace ahora unos cien mil años desapareció todo vesti­gio de aguas ancladas al solar telúrico.

 

La Prehistoria

 

Oreado el terruño, comenzaron a soplar como una tenue brisa desde Levante las lla­madas Culturas de Almería. El reloj se ponía en marcha, hace ahora más de cuatro mil años, para marcar el paso de las civilizaciones que iban asentándose una tras otra sin solución de continuidad.

 Desde que el hombre se hace sedentario en estas tierras -allá por el Calcolíúco en el cerro de la Virgen de la Cabeza de Orce, en cerro del Negro de Huéscar, en la Loma de los Balcones en Galera o en las planicies de Bugéjar en Puebla de don Fadrique- nues­tros cerros, cañadas, llanuras y riberas se vieron acompañados, va para siempre, del lati­do humano. El hombre gusta de estos paisajes y fija su raíz en profundidad para ali­mentar un poderoso v milenario árbol de sabidurías. Es cuando las chozas circulares de adobe se proveyeron de vasos campaniformes, de leves flechas de cobre para la caza, de piramidales botones de marfil, de exquisitos punzones de hueso. 

Llegaron después las gentes de El Argar, que trajeron la agricultura v el bronce pri­mario, y decidieron asentarse en La Balunca castillejarana o el Castellón galerino cuan­do el reloj señalaba aún mil quinientos años para la era cristiana. Un nuevo mundo venía con ellos: la metalurgia noble del bronce, el ingenioso telar para la lana v el lino, el saber agrario de los cereales v las legumbres, el pastoreo de bucólicas cabras v ove­jas, el complejo ritual de la muerte alojado en las frágiles cabañas, la inverosímil alfa­rería funeraria...

 Mas el viento favorable dejó de soplar a finales del segundo milenio v se oscure­ció la Historia. Los poblados que habían animado estas colinas fueron engurruñéndo­se, perdiendo cada atardecer un poco más de voz, apagándose las hogueras que los calentaban, hasta que uno solo en todo el territorio, levantado en cl cerro de El Real en Galera, quedó para contarlo a los gentes venideras.

 

La Historia Antigua

 

Después, cuando habían transcurrido casi mil años de exiguas cosechas, vinieron -otra vez por Levante­ los mercaderes fenicios de allende el Mediterráneo con la revolución del torno, de la moneda, de las diosas de alabastro e idearon en el viejo solar de El Real una esplendorosa ciudad ibérica que se llamó Tútugi -la de los monumentales túmulos funerarios -, o un casi segu­ro santuario en La Molata, de Puebla de don Fadrique, con afiligranados exvotos de bronce.

 Brillaron entonces, al mismo sol que hoy contem­plamos, rotundas vasijas geométricamente decoradas con el rojo intenso de la sangre, ceremoniales cráteras griegas pobladas de poéticos mitos v hieráticos dioses, hermosos ases de cobre con caballos alados o fugaces jinetes armados de lanza, terroríficas falcatas de hierro rebanadoras de cervices enemigas, santuarios alzados junto a salutíferos manantiales.

 También 1a latinidad amó estos horizontes v creó en ellos el municipio romano -RES. P.TVTVGIENSIS reza en las lápidas- que levantaría monumentos, tem­plos o villas como la oscense de Torralba o la castille­jarana de Cortijo del Genovés. Igualmente, en medio de las vegas abiertas por los iberos, se irguieron labo­riosas que en absoluto prescindieron del refina­miento de los polícromos mosaicos, de la aristocrática terra sigillata, de los monumentos honoríficos o fune­rarios que aún hablan en nuestros museos desde sus lápidas escritas. Y fue cuando las legiones romanas cercenaron el paso que venía de Levante hasta estas altiplanicies, para controlarlo con un robusto campamento sobre la cima del Cerro del Trigo en el campo de la Puebla.

  

Edad Media

 Pasado el recodo de la Antigüedad, la Historia sopló de nuevo, esta vez desde el Áfri­ca de la media luna, y surgieron nuevos asentamientos v nuevos nombres incluso antes del siglo X de la era cristiana. Ttítugi se transformó en Galira, que viene a decir "tierra de cosecha"; Al-qulayat, en el abrazo que funde 1a pujanza de dos ríos, apuntaba a la moderna Castilléjar; a la orilla de los lagos cuaternarios surgió Urs con la promesa de Orce; oteando 1a llanura, asentada sobre altas peñas, fue creciendo Úskar, la Huéscar altomedieval; y perfumada de sabinas, enebros y piornos apareció Castiel, de donde hay un paso a Castril.

 Ahora todo eran siglos de frontera -ya mora, ya cristiana-, que pasa de una mano a otra en virtud de una programada campaña militar o gracias a la sorpresa de un asalto inesperado. Como lo fue, por ejemplo, el del Comendador de Segura, don Rodrigo Man­rique, aquella madrugada de noviembre de 1435 en que Huéscar, y con ella alguna, otras villas de la comarca, cambian de dueño una vez más. De nada sirvieron esta vez los oteros y las cúspides más eminentes de la tierra erizadas de atalayas. En la sillería del coro de la catedral de Toledo, en donde están talladas las entregas de Huéscar y Cas­tril, aún se adivina en la noble madera el jubiloso griterío cristiano y el profundo lamen­to musulmán. 

Mas no todo eran sangrientas cabalgadas, sino que también hubo tiempo para apa­centar los ganados, laborear las heredades, cosechar las mieses, plantar los huertos o trazar acequias. Acequias como las que aún se llaman alcadima, almazaruca, almohala o se llamaron fauquia, macil, juzaira... Y de rezar al Omnipotente cuando e1 sol trasponía por el horizonte de sierras azules.

 La frontera secular se borra para siempre jamás en 1488 por manos de los Reyes Católicos.

 

 Edad Moderna

 Como un saludo a las nuevas centurias, recién estrenado el siglo XVI, 1a Casa de Alba y el Arzobispado de Toledo erigieron los templos de la nueva religión. Consolidaron en Huéscar, por ejemplo, un bosque de ciclópeas columnas corintias que podrían sostener las bóvedas del cielo, en donde Covarrubias v Siloé alcanzaron un punto más de glo­ria. Y en el interior del recinto sacro alguien tuvo un irrepetible sueño de piedra que se llama la Sacristía Vieja.

 También alzaron Santa María de la Quinta Angustia, en Puebla de don Fadrique, al amor renacentista del XVI. No quiso ser menos don Hernando de Zafra, flamante señor de Castril, y por su mandato se materializó la parroquia de Ntra. Sra. de los Ángeles, con una "Puerta del Sol" dignamente plateresca.

Mas apenas se había asentado el polvo de cien batallas, cuando de nuevo brotó la tragedia, que aún permanecía escrita en las páginas de nuestra historia con letras de sangre, de fuego y de furia. Para ello había de nacer don Juan de Austria y la Galera morisca, en unión de Castilléjar, Huéscar y Orce, romper sus ataduras con la imposi­ción de Castilla. Miles de muertos y un pueblo arrasado quedaron para contarlo en febrero de 1570. Después vinieron repobladores levantinos, manchegos, murcianos... y volvieron a restañar las heridas, a levantar -de piedra, yeso y esperanza- un pueblo nuevo para seguir contando las centurias.

 Se rehicieron las vegas y los anhelos. Nuevos templos, esta vez en Galera, en Casti­lléjar y en Orce, acotaron recintos para la suplica y el agradecimiento bajo armaduras mudéjares, bóvedas toledanas o cruceros neoclásicos respectivamente. Vinieron las ham­brunas, azotaron las epidemias, descargaron su arma letal las sequías, o los pedriscos, o las heladas en plena flor de primavera. Mas nada de ello impidió la sucesión de más siglos de trigo y de uvas, de cantos a la madrugada, de hogares encendidos para la fies­ta. Algunas fachadas se vistieron de blasones cuando el Siglo de las Luces inflamó el sentir aristocrático. Y se fueron materializando anchurosas mansiones en las plazas de los pueblos, en donde los hidalgos alardeaban de sus prosapias o leían tétricos devo­cionarios en que la Muerte todo lo emparejaba. Crecieron hermandades y cofradías. Más adelante hubo victoriosas batallas en la propia tierra contra los gabachos, triunfos que intentaron compensar sus sacrílegos saqueos. Y de esta manera corrieron otras cen­turias.

 Hasta que, de un tajo, los caminos de hierro de finales del XIX alteraron la geogra­fía. Las milenarias vías que se abrían de par al mundo se cubrieron de maleza y comen­zó a caer el olvido sobre esta tierra. El trazado del ferrocarril al margen de este territo­rio fue una condena a perpetuidad para sus gentes. Pero la ausencia de estas innova­ciones ayudó a conservar nuestra más pura identidad y valores patrimoniales que hoy, más de un siglo después, comenzamos a descubrir y valorar en su justa medida.

 

  

 

 

 

 

NOTA: Información extraida de las guías, editadas por Ideal, “Granada en tus manos”. Los autores son : Lorenzo Sánchez Quirantes y Jesús María Rodriguez